Técnica: Tinta de café sobre casabe
Año 2020.
Mi obra es una invitación reflexiva donde pongo en tela de juicio lo que somos y lo que creemos ser, por medio del enfrentamiento de dos elementos tan distantes y al mismo tiempo tan presentes en nuestra cotidianidad: los alimentos y el dinero que, irónicamente, están unidos por las necesidades humanas; pero separados por la codicia y el poder. Nuestra América indígena, con su acervo cultural y ancestral nos ha legado un sinfín gastronómico y culinario. Tal es el caso del casabe o pan de América, que con más de 30 siglos de existencia constituye nuestras raíces más profundas de la cultura y la supervivencia y hoy, en manos del artista, hacen una regresión nostálgica de lo efímeras e insignificantes que son nuestras huellas en el pergamino de la eternidad… Por su parte, las imágenes de monedas, algunas vigentes aún y otras descontinuadas, existieron en realidades distintas y su rastro permanecerá en el polvo del olvido.
Una moneda no
solo representa el capital económico de
un país, también representa una hegemonía gubernamental, una gruesa muralla de
arbitrios y reglas que se sitúa en una temporalidad, un territorio, una
población determinada… Posesionándose en el colectivo imaginario como un
símbolo de poder, estabilidad y garantías, contrastada con el frágil y
quebradizo casabe, pero siempre presente en la gran mayoría de los pueblos de
América desde hace 3000 años.
Todo aquello que hemos creído ser o mejor
dicho, nos han querido hacer creer que somos, muta, cambia, se desdibuja con el
paso de los tiempos y las moda; pero el casabe al igual que muchos elementos de
nuestras culturas originarias, permanece inmutable recordándonos lo que somos, develando nuestra realidad.
Realidad –horrible y asombrosa- de la que no podemos huir.

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